Ansiedad

Vi una tira Pictoline que te alienta a escribir sobre la ansiedad como terapia. ¿Cómo se comienza, por dónde se inicia a escribir sobre ese aire que pesa tanto como los altos edificios y cae como vigas en los ojos? No lo sé y tal vez sólo me imagino a un Doogie Howser adulto, escribiendo sus dramas cotidianos frente a una computadora, mientras el mundo se desmorona.
Últimamente el viernes me parece como el lunes y el domingo es como un velorio; la semana es en sí, un acelerado paseo por la asfixia de lo cotidiano, un suicidio paulatino lleno de colesterol y presión arterial elevada, palpitaciones, glucosa, salir a correr como un perro y una dosis recomendable de alcohol que distraiga un poco de todo lo que acecha afuera de la puerta.
El año es como un tunel que se va acelarando entre el calor, la lluvia, lo templado, lo frío y lo tedioso de las semanas y los meses y los trimestres. Todo termina en el mismo punto y comienza exactamente el mismo punto del ciclo anterior. Más cansado, más enfermo, más empobrecido, la mente más jodida, pero con ratos de lucidez, con risas esporádicas y algún estreno en la televisión que haga olvidar un poco la gran idea a la que no se pudo llegar, el negocio que no se pudo emprender, el amigo al que no se pudo visitar, la solución a la levedad que ya no se pudo remediar en el tránsito de tantos deseos.
Y en la última semana de diciembre, uno se hace el mismo cuestionamiento del 2007 o del 2013 o el de hace un par de meses, cuando había un poco más de tiempo disponible, pero aun así, esos segundos encontraron la manera de escurrirse por el pantalón, por la pantalla del teléfono o se perdieron en una fila interminable de banco, en un embotellamiento ritualista de nuestra sociedad. ¿Qué se hizo? Pues nada, valer verga, percibir cómo es valer verga en una ciudad desastrosa del 2018.
Luego viene algo de conciencia, sentirse como las ratas en el cortometraje de las ratas que tienen conocimiento de su miserable existencia, pero no tienen idea cómo solucionar sus dilemas de ratas modernas. Todos los roedores creen tener un propósito, algunos ya se han autodeterminado al éxito o al fracaso, pero la mayoría se quedan atoradas entre todo el raterío de la ciudad. No hay escapatoria de esa sensación, porque la vida te acorraló en una esquina oscura y sólo se espera el escobazo que concluya la disyuntiva de ser una rata con algo de conciencia.
Y después llega el último segundo de diciembre, se mira ahí sentado en un rincón del almanaque; cansado, pálido, obnubilado, dándole la espalda a la esperanza, ya nada más esperando esa palmada de los segundos que se van a estrenar. El último segundo de diciembre sólo voltea para decir “2018 fuiste una mierda, no vuelvas nunca” deseando que de alguna forma todo sea mejor, aunque ya los segundos nuevos y las ratas sabemos que todo puede ser incluso peor.
Gracias Pictoline, ya me siento mejor 🙂

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