Gal y yo

Estaba ahí sentado en medio de la oscuridad de la sala con un vaso de coca light y los restos de unos nachos con queso, cuando el halo de luz de la pantalla de cine me dejó verte por primera vez. ¿Quién era esa mujer enigmática que no tenía el mismo tipo de Linda Carter y a los ojos de un simple mortal como yo se veía como una diosa griega? Luego lo supe, tu traje de Diana de Temiscira me dejó mirar las mieles absolutas de la redención en vida. Eras la Mujer Maravilla que junto al huérfano y al alienígena, brillabas con toda la luz de las fuerzas etéreas.
Luego supe que eras una tal Gal Gadot, de Israel, y que fuiste modelo y luego actriz, pero como yo me quedé estancado en ‘+ Rápido y + Furioso’, nunca supe que eras uno de los personajes de la mejor saga de los carritos chocones jamás creada. Luego vi todas esas películas, incluso una que estás en Río de Janeiro y sale La Roca. Te vi, con tus pocos diálogos y haciendo ver a las demás actrices como muñecas de tianguis. No precisabas decir mucho, lo suficiente, y poner el ceño fruncido o sonreír para que el mundo se detuviera durante eones.
Luego comencé a seguirte en Instagram, en esa vida que parecía mejor que cualquier otra vida de cualquier bella famosa en esa red social. Yo comentaba tus fotos con frases de humor sarcástico y halagos sinceros con pocas esperanzas, hasta que un buen día, te fijaste en mi. Lo supe después cuando me confiaste en secreto que te preguntabas “quién era ese gordito barbón misterioso y galante que usaba playeras de Star Wars en sus fotos”. Por eso comenzaste a seguirme en mi modesta cuenta de Instagram y fue así como comenzó un pequeño idilio en el que yo te enviaba versos de poemas como: ‘No es que muera de amor, muero de ti amor’ y algunos memes del gato blanco que pudieras entender en tu contexto.
Tuviste que enfrentar la tormenta de dejar tu vida estable de pareja y yo hice lo mismo para estar juntos. Cuando te conocí en persona, fue tal como ver agua corriendo de un manantial rodeado de ángeles, y a tu mirada supinada en donde colisionan los astros, no le importó mi baja estatura, por eso tomaste mi mano de enano y empezamos a vivir del amor profano.
Yo era ese loco que te hacía reír, y te llevaba café con leche a la cama, o cocinaba huevos fritos con las orillas quemadas, pero nada de eso importaba. Íbamos a las fiestas con todos esos gringos locos y la plana mayor de Hollywood. Me presumías en cualquier entrevista que dabas y no te importaba que me rehusara a tirar mis vans rotos y mi playera gastada de Joy Division. Me escuchabas, tratabas de entenderme, sabías que yo, aunque era un profesionista mediocre, también era amoroso y tenía buenos sentimientos; vivías la esperanza de que yo iba a triunfar con alguna de mis ideas millonarias, aunque de eso no dependiera el amor. A mi, al contrario, sólo me molestaba de ti que hablaras en Yiddish con tu familia, porque no entendía ni un carajo, pero trataba de entenderlos.
Pero así como si fuese la peor de las pesadillas, al paso de los años algo sucedió, y la rutina nos fue consumiendo. Esos meses de rodaje en los que no te miraba me fueron alejando de ti. Tú te volviste apática y paulatinamente en tus ojos podía sentir que me interpretabas como un adolescente que no quiso madurar. Nos fuimos distanciando, al grado que aborrecías mirar conmigo Rick y Morty, y yo no podía soportar esos papeles insulsos en los que te ponían a besar a rubios mamados como Chris Hemsworth. Por eso mi venganza fue seguir a Eva Green en Instagram. Y todo ese amor tan puro, con el tiempo se convirtió en gritos y descalificaciones, como ha de ser siempre la vida de pareja. Todo, como la flor, se marchitó.
Luego un codazo de mi mujer me movió el brazo y tiré un poco de mi coca. Volví a la sala justo a tiempo para ver cómo te madreabas a ‘Doomsday’ con un poco de ayuda del millonario con problemas existenciales y del alienígena metrosexual que se quedó sin planeta. Eres tan chingona, más chingana que la Viuda Negra y la Capitana Marvel juntas. Supe que eras Gal Gadot, y me consuela saber que tal vez lo nuestro no hubiera funcionado.

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