[Por Mauricio Ferrer]

Sacó el cassete de la maleta. Tenía yo unos 14 años; mi primo –recién llegado de Estados Unidos- había entrado a la mayoría de edad en México, los 18. Estábamos en casa de mi abuela, adornada con figuras de porcelana, ceniceros de cristal cortado y cuadros de pinturas baratas que aludían a París y otras ciudades de Europa.

Los noventa del siglo pasado tocaban a la puerta. Había una transición entre el clásico cassette y el disco compacto; algunos acetatos todavía se vendían en Fábricas de Francia y otras tiendas departamentales, habían perdido su potencia pero no eran tan caros como ahora.

La cinta de mi primo se había trabado en el modular de la abuela. Tuvo que sacarlo cuidadosamente para que no se rompiera. De un cajón conseguimos una pluma Bic y acomodamos la cinta de nuevo (era toda una aventura para que no quedara al revés y valiera madre el asunto).

Aquel cassette tenía en la portada una imagen de una radiografía de un cráneo humano. La portada era una copia en blanco y negro de la original que mi primo había hecho para vestir una cinta Sony regrabable, de esas en las que podías hacer mixtape con las rolas que te gustaban para ponerte bien pacheco con los compas o para lucirse con la morra a la que le traías ganas.

A un costado, con letras hechas a mano por mi primo, se leía: Ministry / The mind is a terrible thing to taste. Algo así en español como Ministro / La mente es algo terrible como para gustar (eso fue lo que entendí ese día en la conservadora Puebla de los Ángeles, donde vivía la madre de mi madre).

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Aquella cinta se perdía entre el original del Mother’s Milk de los Red Hot Chili Peppers y algunos CD’s de The Cure que mi primo, más agringado que mexicano, había traído de Houston, Texas.

De nuevo a meter la cinta. De nuevo a ponerle play. Era un sonido demasiado raro para mí, que venía de formarme con el “jevi merol” ochentero de Mötley Crue, Poison, Guns N’ Roses y hasta los ñoñazos de Warrant y su Cherry Pie, y sacralizar a la Hit Parader y la Circus Magazine.

Lo primero que sonó fue ‘Thieves’. Una combinación de sonido industrial y maquinaria, percusiones electrónicas, un potente bajo, una guitarra estridente y los gritos de Al Jourgensen. Thieves o en español, Ladrones, era un desafío contra la moral y las buenas costumbres conservadoras; una crítica al sistema, ya fuera económico, político, social o cultural. “Ladrones, ladrones mentirosos…hipócritas y bastardos… ¿de qué lado están?”, entonaba Jourgensen.

A los 14 esa música era demasiada información para mí, como lo era el que el sobaco empezara a olerme ácido, me salieran tres pelos en la barbilla, los barros invadieran mi cara y me apestaran los pies después de una cascarita de fútbol en el parque del barrio de mi abuela.

El track siguiente fue demoledor para alguien que iba hacia los 15 y creía saber todo en la vida; menudo imbécil. ‘Burning inside’ en verdad me quemaba. Me quemaba el ansia por seguir escuchando aquella cinta. Era fuego puro. Devastador. Acababa con toda mi concepción del mundo, de la familia, de la sociedad. Era una revelación. Un despertar espiritual.

“Absolution and a frozen room / are dream of men below”. Era la lumbre interior de ‘Burning Inside’. Mi primo y yo movíamos la cabeza. Yo apenas me dejaba la greña y el traía una melena lacia, color obsidiana por debajo de los hombros. Tocábamos una guitarra imaginaria al aire. Saltábamos. Rompimos algunas bailarinas de porcelana de la abuela. Nos valió madre. Sudamos.

Seguimos sudando con ‘Never Believe’ y ‘Cannibal Song’. “Tac”, el lado A había finalizado. Tomamos aire y pusimos el lado B. Ahí sonaba ‘Breathe’ y posteriormente el gran himno industrial ‘So What?’, era maldecir al mundo con un “¡qué chingados!”.

“¿Entonces qué?”, me dijo mi primo. “Síguele”, dije. Él cantó las letras; mi inglés era pésimo, pero le wachawacheaba pues. Frases que hablaban de sexo anal, de muerte, de mierda, de laxantes. Era una chorrera emocional. Era quedarme vacío y llenarme con aquella nueva música. Le seguimos con ‘Test’, ‘Faith Collapsing’ y nos venimos con ‘Dream Song’. Orgasmo musical con olor a maquinaria, a pólvora, a industria, coloreado de un gris escénico.

Cansados, nos tendimos en el sillón de la sala. La abuela, los tíos y mi madre llegaron y vieron el tiradero y las muñecas de porcelana que tenían ya algunas décadas en aquella casa. Nos pusieron un putizón rollero.

Nos valió madre. ‘So what?’

Y al otro día fui a comprarme mis primeras botas industriales.

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